COMO NOS MOVEMOS…
Intentando adentrarnos poco a poco en nuestra cotidianeidad es imprescindible hablar de algo que forma parte indispensable de nuestro día a día, como y con qué nos movemos, nos desplazamos.
Vivimos con Maribel y Wen (y en un par de días llegarán Antonio e Inma) en el Recreo, una zona dentro del Plan 3000, muy a las afueras, casi en la selva. Un sitio tranquilo, que iréis conociendo por medio de fotos, con casas dispersas, muchas a medio construir, con mucha vegetación, búhos, vacas y animales varios, de algunos de ellos ya os hemos hablado anteriormente. Por la noche, en el silencio, en el reposo, sin reggueton, se ven luciérnagas y muchas, muchas estrellas, además, cuando hay luna llena el camino de tierra que nos lleva a casa lo podemos hacer sin linterna.
Para ir desde nuestra casa hasta OIKIA día, donde trabajamos, tenemos que agarrar (acá es mejor no decir “coger”, tiene un sentido bastante sexual…), como decía tenemos que agarrar o tomar dos micro (ver foto), pequeños autobuses japoneses o coreanos llegados aquí no se sabe porque razones, parecen furgonetas wolskwagen antiguas un poco más grandes. Los micros (¡nombre derivado de su tamaño!) son, probablemente, el medio de transporte más usado en la ciudad, usarlos, viajar en ellos, es, sin duda, un estupendo modo de adentrarse en el mundo boliviano. Un viaje, independientemente de la duración o distancia del recorrido, cuesta 1,5 pesos bolivianos (1 para estudiantes, niños y tercera edad), al cambio unos 15 céntimos de euro. Hace un tiempo intentaron subir los precios a 2 bolivianos, pero la gente se rebeló y el precio no cambió. Quizás parezca una miseria, pero siendo un transporte muy usado y fundamental (dadas las grandes distancias), y contando con que muchas personas viven con menos de un dólar al día, probablemente sea un precio justo.
Nosotros tardamos, aproximadamente, unos 40-50 minutos a la ida y otro tanto, o incluso más, a la vuelta. Para ir tenemos bastante suerte, ya que estamos al principio y final de línea y, por tanto, solemos tener sitio, pero la vuelta es, casi siempre, una odisea. Estamos estrechísimos, de pie, en las posiciones más inverosímiles, quizás con la cara bajo el sobaco de un viejecillo, tal vez con las piernas que juegan al tetris con la de una señora que ha conseguido sentarse e incluso ¡dormirse!. En cuanto pueden los micros aceleran, se salen de la carretera, con suerte asfaltada, y por la tierra intentan superar la cola, les gusta frenar de golpe e inventarse, como cualquier transporte aquí, las normas de circulación.
Un transporte anárquico, pero con algunas bellas reglas no escritas de solidaridad micrera. Cuando sube una futura madre con la barriga, o una que ya lo es con varios niños o niñas pegados a diferentes partes de su cuerpo o una persona anciana, casi siempre se le encuentra sitio, también se ayuda a dar el dinero del pasaje al conductor y existen un código de palabras de orden; “bajaaaan”, “parada, por favor”, “un rato” (para decir un momento). Las paradas, de hecho, no existen, cuando llegas a tu destino pides parada (por favor) y el micro se detiene para que bajes, puede ser que, en la confusión, no se escuche lo que pides, entonces alguien más cercano al conductor lo repetirá, al tiempo puede ser que el conductor no vea si todos han bajado o subido, por lo que arranca de nuevo, inmediatamente alguien se lo advertirá con algunas de las fórmulas mágicas.
En resumen, una aventura diaria que a la ida realizamos normalmente soñolientos y mirando fuera, y a la vuelta cansados pero atentos a no caer. En ocasiones parece un juego para lograr el récord de máximo de personas en un seiscientos, sobre todo cuando para delante de un colegio y empiezan a bajar del micro niños y niñas que no se sabe de donde pueden salir.
Es divertido ver que cada micro es como una pequeña casa, con telas colgantes en las que se pueden leer bendiciones de la Virgen de Urkupiña, esqueletos con ojos color rojos que se iluminan colgados del retrovisor, fotos de familia que curiosear, la palanca de cambios con una bola transparente que dentro tiene un pájaro amarillo de peluche.
El micro es nuestro transporte más usado y familiar, pero, obviamente, nuestros pies no se cansan de llenarse de arena (extraña paradoja, la pobre Bolivia que desde hace ya mucho tiempo no tiene acceso al mar, pero sus calles del plan 3000 están llenas de arenas) y alguna vez nos movemos en taxi. Este no es tanto de elite como puede serlo en Europa. Poca gente tiene un coche por eso a veces se convierte en un cómodo y casi obligado medio de transporte, en el cual no es un problema subir seis (ver foto). Cuando volvemos tarde por la noche, hora en la que ya no hay micros, o cuando volvemos con la compra, normalmente tomamos un taxi. OIKIA tiene su propio taxista de confianza, que ya es una entidad, segura y amiga. Sixto tiene la cara de indígena típico, trabaja sólo de noche y para no dormirse “bolea” (masca) hoja de coca, es alegre, responde como quiere a las preguntas que le hacemos, y habla más con los hombres que con las mujeres. Era el taxista de confianza de Mercedes y Gonzalo, los directores, y ahora es en cierto modo el taxista del proyecto, por las noches lleva a casa a los voluntarios del centro nocturno, y siempre está disponible a nuestra llamadas. Es gracioso, con su gran barriga y una voz aguda.
También nos hemos encontrado con algún taxista casi de película, por ejemplo un “escritor” que nos ha recitado sus poesías y que trabaja sólo cuando lo necesita. (Su mejor frase: “¿Saben que es lo qué más me gusta de mi país? ¡El desorden!)
Hay otros medios, los trufi-taxis, las flotas (autobuses grandes de largo recorrido), el tren de la muerte (que va a Brasil y recibe este nombre porque el viaje es eterno), pero de estos hablaremos cuando los hayamos experimentado…
Ceci e Dani, Dani y Ceci
COME CI MUOVIAMO…
Vogliamo addentrarci un po’ nella nostra quotidianità, e qualcosa che parla della nostra vita di tutti i giorni è il come e con cosa ci muoviamo.
Noi due viviamo con Maribel e Wen ( e tra due giorni arriveranno Antonio e Inma) nel Recreo, zona appartenente al Plan 3000, quasi già nella selva. E’ un posto molto tranquillo, vi mostreremo poi qualche foto, con case un po’ sparse, molte in costruzione, molto verde, gufi, mucche e animaletti vari di cui abbiamo accennato in precedenza. Di notte, nel silenzio riposante e senza reggaeton, si vedono lucciole e tantissime stelle, e quando c’è la luna piena la stradina di terra per arrivare a casa la possiamo fare senza pila.
Per arrivare da casa nostra ad OIKIA dobbiamo prendere due micro (vedi foto), piccoli autobus giapponesi o coreani arrivati qua non si sa bene per quale motivo, sembrano furgoncini wolskwagen un po’ più grandi. I micro (nome adatto alla loro grandezza!) sono probabilmente il mezzo più usato nella città e viaggiare in essi è un modo per addentrarsi nel mondo boliviano. Un viaggio, indipendentemente dal percorso, costa 1,50 bolivianos, circa 15 centesimi di euro (1 per gli studenti, bimbi e terza etá). Qualche tempo fa il servizio cercó di aumentare il prezzo a 2 bs, ma la gente si ribellò e il prezzo non cambiò. Può sembrare una miseria, ma essendo un mezzo usatissimo e fondamentale, (date le grande distanze) e contando che molte persone vivono con meno di un dollaro al giorno, probabilmente è un prezzo giusto.
Noi ci facciamo circa 40-50 minuti all’andata e altrettanti o di più al ritorno. All’andata siamo fortunati, perchè salendo al capolinea troviamo sempre posto, ma il ritorno è quasi sempre una vera odissea. Lo passiamo strettissimi, in piedi, nelle posizioni più strane, magari con la faccia sotto l’ascella di un vecchietto o con le gambe che fanno tetris con quelle di una signora che è riuscita a sedersi e addirittura ad addormentarsi. Appena possono i micro vanno veloci, escono dall’asfalto per prendere la strada di terra e superare la coda, gli piace frenare d’improvviso e inventarsi, come qualsiasi altro mezzo, le regole della strada.
Un mezzo anarchico, ma con le sue belle regole di solidarietà micrera. Quando sale qualche mamma col pancione o con vari bimbi/e attaccati in qualche parte del corpo o qualche persona anziana, quasi sempre si trova un posto e poi ci si aiuta per far passare i soldi al conducente (si paga direttaente sul micro) e ci sono le parole d’ordine “bajaaaan” (scendonoooo) , “parada, por favor” (fermata, perfavore), “un rato” (un momento). Le fermate infatti praticamente non esistono, quandi se sei arrivato chiedi la fermata e il micro si ferma, ma può capitare che nella confusione non si senta, quindi lo ripete qualcuno che è più vicino al posto di guida e magari il conducente non riece a vedere se si sta ancora salendo e scendendo, riprende la marcia e quindi qualcuno lo avverte con le parole magiche.
Insomma, un’avventura, che all’andata facciamo solitamente un po’ assonnati guardando fuori, e al ritorno un po’ stanchi, ma attenti a non cadere. A volte sembra si stia giocando al record stile “quante persone ci possono stare in una cabina telefonica”, soprattutto quando si ferma davanti ad una scuola e continuano a scendere bimbi e bimbi che non si sa da dove saltano fuori.
E’ divertente poi vedere che ogni micro è come una piccola casa, con tele con benedizioni della Madonna di Urkupiña, scheletrini con occhi che si illuminano di rosso attaccati allo specchietto, foto di famiglia da curiosare, manopola del cambio con palla trasparente che ha dentro un uccellino giallo di peluche.
Il micro è quindi il mezzo da noi più usato e conosciuto, anche se ovviamente i nostri piedi non si stancano di riempirsi di sabbia polverosa (strano paradosso, la povera Bolivia da tempo non ha più il mare, ma le strade del Plan sono piene di sabbia) e qualche volta usiamo il taxi. Questo mezzo non è così d’élite come può essere considerato “da noi”. Poca gente ha una macchina e quindi a volte diventa un comodo e quasi obbligato mezzo di trasporto, in cui non è un problema salire in sei (vedi foto). Quando ci capita di tornare tardi la sera, all’ora in cui i micro hanno smesso di girare, e quando portiamo la spesa del mercato ci capita quindi di prendere un taxi. OIKIA ha un taxista che è ormai un’entità, sicura e amica. Sixto ha la faccia da indio tipico, lavora di notte e per tenersi sveglio mastica coca, è gioviale, risponde come vuole alle domande che gli facciamo, tratta più con gli uomini che con le donne. Era il taxista fidato di Gonzalo e Merce, i direttori, ed ora è un po’ il taxista del progetto, porta a casa tutte le sere i volontari dal centro notturno, ed è sempre disponibile alle nostre chiamate. Fa ridere, col suo grosso pancione e la voce acuta.
Ci sono capitati poi altri taxisti da film, tipo il letterato che si è messo a recitare una sua poesia e che lavora solo quando ha bisogno. (La sua frase migliore: Sapete cosa mi piace di più del mio paese? Il disordine!).
Ci sono poi altri mezzi, il trufi-taxi, la flota (autobus che fanno percorsi più lunghi), il treno della morte (che va in Brasile, si chiama cosí perchè il viaggio è interminabile), ma di questi parleremo quando li avremo sperimentati…
Ceci e Dani, Dani y Ceci



Ciao ragazzi,
in bocca al lupo per la vostra nuova vita.
Un abbraccio!
ale
carissimi ceci e dani,
vi immagino tantissimo in ogni mezzo di trasporto che vi scarrozza qui e là. dani, okkio a non perdere la ceci che mi è piccolina, mi raccomando.
vi abbracciamo.
mari e peter
Hola Dani. Hola Ceci. Ya veo que os vais ambientando bien. Me encanta que enviéis fotos. Es más fácil hacernos una idea con ellas. Por aquí todo bien. Natalia y Pedro fueron papás. Un beso grande.
KKKe bello pensarvi e vedervi bolivianizzati
al chiaro di luna e sotto le stelle
con serenate di grilli e cicale !!!!!!!!!!!!
proprio come i nostri rientri a milano
anche qui 40 – 50 minuti
ma……
con tutte le sfumature del grigio.
Vi mandiamo una busta.
e affetto
abbracci
lacrimoni
sorrisi
allegria
gioia grande
….
buon riposo
Saludos desde Madrid!
Le avventure con i minibus sono ovunque… in Georgia e ex urss sono i Marschrutka, in Turchia dolmus, in Mozambico chapas…
belli i vostri racconti.
Vi penso, vi abbraccio… sono con voi
Un saluto